El instinto de la amistad

Un Kogui no tiene amigos, porque la amistad no existe entre los Kogui. Hay hombres de una familia y hombres de otras familias; hay personas del mismo Tuxe (linaje paterno) y hay personas de otros Tuxe, pero los amigos no existen. 

Esta es la prescripción del Mamo (sacerdote en la cultura Kogui), según la transcribe el antropólogo Daniel Hruschka en su libro Friendship: Development, Ecology, and Evolution of a Relationship. Allí él reporta una extensa revisión de estudios etnográficos que llevó a cabo con el objetivo de buscar un grupo humano en el que no existiera la amistad. No lo encontró. Lo más cercano son comunidades como los Kogui, una etnia indígena que habita la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia. Junto a esta, Hruschka menciona otras cuatro culturas en las que alguna autoridad promueve la supresión de la amistad. Todas son comunidades altamente colectivistas, cerradas y preocupadas por la lealtad de sus miembros. Son culturas en las que no se aprueba que los individuos busquen diferenciarse unos de otros y expresen preferencia por la compañía de ciertas personas, pues se considera que esto representa un distanciamiento del colectivo.

Por supuesto, es diferente decir que algo está prohibido a decir que algo no existe. Aún en contra de la sentencia del Mamo, los Kogui sí tienen amigos, así sea en secreto. Puede ser que por razones históricas, algunos líderes de esta comunidad hayan buscado mecanismos para fortalecer su identidad de grupo y proteger su cultura de amenazas externas. Pero si los Kogui no sintieran un fuerte impulso de crear lazos de amistad, el Mamo no se vería en la necesidad de pronunciarse al respecto. No tenemos conocimiento de culturas sin amigos. Esto sugiere que el establecer este tipo de relaciones es un impulso natural del humano, por lo que los intentos de suprimirlas a través de herramientas culturales sería una empresa destinada al fracaso.

Esta hipótesis se hace más sólida si tenemos en cuenta los antecedentes evolutivos relevantes. Si bien la búsqueda de estos no puede hacerse a través del estudio directo de nuestros antepasados, cuyos huesos y objetos enterrados no nos dicen lo suficiente sobre su vida social, sí podemos hacer inferencias y elaborar modelos a partir del estudio de otras especies con las que tenemos ancestros comunes más o menos cercanos. Y aún en el caso de especies más distantes en el árbol de la vida, aquellas que han llegado por otros caminos a un estilo de vida social nos pueden informar sobre las adaptaciones más útiles para la vida en grupo.

¿Encaja la amistad en el espacio de la selección natural? 

Usualmente no cuestionamos la existencia de la amistad. Que la gente de todas las edades y culturas tienda a hacer amigos nos parece lo más natural del mundo; más bien se nos hace extraño cuando encontramos a alguien que no parece interesado en tener relaciones de amistad. Pero rara vez nos preguntamos cómo pudo aparecer la amistad en el mundo natural, el cual ha llegado a ser como es por la acción última de unidades replicativas egoístas que llamamos genes. Bajo este marco evolutivo, la amistad puede ser, a simple vista, un fenómeno desconcertante.

No es difícil explicar (en un sentido evolutivo) por qué una madre siente la necesidad de cuidar a sus hijos, o por qué un individuo arriesga su integridad defendiendo a su hermano de un ataque. Entre padres e hijos, así como entre hermanos, se comparte la mitad del material genético. Cabe esperar que algunos genes predispongan a los organismos que los portan a ayudar a otros individuos que probablemente los porten también. De esta forma, genes que solo ven por sus propios intereses pueden dar lugar a organismos que se ayuden unos a otros. Esta es la base de la llamada selección de parentesco.

También entre esposos actúa este mecanismo, el cual da lugar a una fuerte motivación a ayudarse mutuamente. Aunque las parejas no están emparentadas por sus ancestros, sí lo están por su descendencia. Los dos miembros de la pareja obtienen el mismo beneficio en aptitud biológica si sus hijos sobreviven y son exitosos. No es que un padre esté pensando en sus genes a la hora de compartir recursos con su compañera; la causa proximal de su conducta es el afecto (genuino) que siente por ella, y los genes vendrían a ser más bien una causa distal que explica la capacidad del organismo para desarrollar, en el contexto apropiado, las emociones que lo motivan a actuar como lo hace.

Pero esta selección de parentesco no explica el impulso de ayudar a un amigo. Aunque somos amistosos con nuestros parientes, llamamos amigos sobre todo a quienes no hacen parte de nuestro grupo familiar. Al cooperar con un individuo con quien no tenemos parentesco, no podemos contar con que este cargue una alta proporción de copias de nuestros genes, por lo que el beneficio en aptitud biológica tiene que buscarse en otra parte. 

El estudio de los animales sociales muestra que los individuos que forman alianzas y lazos sociales duraderos alcanzan un estatus más elevado en su grupo, son más exitosos desde el punto de vista reproductivo, tienden a sobrevivir más tiempo y a tener una descendencia con mejores posibilidades de sobrevivir y reproducirse a su vez. Esta es una simplificación excesiva de un fenómeno que requiere modelos complicados para describirse y sustentarse, pero aquí nos basta para ilustrar el hecho de que la cooperación, el altruismo recíproco y la amistad son, en principio, compatibles con la teoría de la evolución centrada en el gen. 

¿Podemos usar la palabra amistad para describir la conducta animal?

Los defensores del excepcionalismo humano proponen que la amistad es un fenómeno exclusivo del Homo sapiens, que otros animales no tienen más que interacciones inmediatas, en las que un favor se puede responder con otro favor sin que haya una verdadera relación. Argumentan que para construir una amistad se requiere una noción del tiempo futuro (en el que nuevas interacciones ocurrirán), una comprensión de ideas abstractas o incluso la capacidad para declarar que se es amigo de otro individuo. Pero estas exigencias son exageradas y más bien parecen escogidas con el fin de excluir la posibilidad de amistades animales.

Creo que es posible evitar esta controversia si definimos la amistad como una relación de largo plazo, voluntaria y recíproca, caracterizada por apoyo y afecto mutuo. Esta definición general tiene la ventaja de que es compatible con nuestra experiencia humana de la amistad, al tiempo que no depende de habilidades que sabemos que otros animales no tienen, como el lenguaje y la anticipación del futuro. La amistad se construye sobre un conjunto de emociones que incluyen una sensación de cercanía, confianza y afecto hacia otro individuo. Desde de esta perspectiva, podemos buscar las habilidades cognitivas requeridas en los repertorios comportamentales de animales no humanos.

Los animales sociales tienen un rango de emociones comparable al nuestro. Tienen la capacidad de distinguir a los diferentes individuos que forman su grupo, e incluso pueden identificar el tipo de relación que otros individuos tienen entre sí. Aunque no puedan anticipar el futuro, sí aprenden de la experiencia: recuerdan el pasado y reconocen patrones en las interacciones seriadas que tienen con otros individuos. Y si bien no pueden nombrar sus relaciones o declarar quiénes son sus amigos, su comportamiento varía en función de los individuos con que interactúan, lo cual muestra que tienen un conocimiento implícito de algo equivalente a lo que los humanos llamamos una relación.

Veamos un par de ejemplos de amistad animal. 

Bajo este criterio, es amplio el número de animales, todos de la clase de los mamíferos, que tienen alguna forma de amistad. Una lista no exhaustiva incluye chimpancés, babuinos, elefantes africanos, macacos Rhesus y japoneses, monos capuchinos, hienas, caballos y delfines. El estudio de las relaciones entre los miembros de estas especies nos da pistas sobre los orígenes evolutivos de la amistad, según lo reportan los primatólogos Robert Seyfarth y Dorothy Cheney, de la Universidad de Pennsylvania, en una excelente revisión sobre el tema.

La mayoría de las relaciones estables entre animales se dan entre individuos emparentados por la línea materna. Esto concuerda con la idea de que la habilidad para establecer lazos cooperativos duraderos pudo desarrollarse inicialmente como un mecanismo ligado a la selección de parentesco. La línea materna tiene prioridad en este aspecto porque el reconocimiento de la madre es una habilidad casi segura en mamíferos, y el parentesco con otros miembros del grupo se puede deducir por el grado de cercanía que estos tengan hacia ella. Esto se observa entre elefantes, por ejemplo. Esta es una especie en la que los machos se dispersan cuando alcanzan la madurez, mientras que las hembras forman manadas que suelen describirse como matriarcados. Ahora, aunque menos frecuentes, sabemos de especies, sobre todo primates, en las que se dan relaciones estables entre individuos que están emparentados por línea paterna o que encuentran afinidad por el estatus (similar) que tienen en la jerarquía social. Lo más notable, y compatible con nuestra definición humana de amistad, son los casos reportados de animales que no tienen lazos genéticos directos y sin embargo forman relaciones duraderas de apoyo mutuo.  

Esto está particularmente bien documentado en chimpancés, los parientes vivos más cercanos del Homo sapiens. Con ellos compartimos un ancestro común que vivió hace apenas seis millones de años. Esto los hace un modelo ideal para acercarnos a una comprensión de nuestro pasado evolutivo. Los chimpancés viven en grupos que varían en tamaño entre 20 y 150 miembros, dentro de los cuales se forman grupos más pequeños de algunos pocos individuos. Entre estos grupos es habitual encontrar que algunos individuos tienen preferencia por ciertas compañías: animales con los que pasan más tiempo juntos, se acicalan mutuamente, forman coaliciones, comparten carne y participan en las mismas expediciones de caza. Puesto que esto sucede incluso entre individuos no emparentados, no debería sorprendernos que algunos investigadores se hayan animado a referirse a ellos como amigos, empezando por la célebre Jane Goodall.

Pero hay otros ejemplos más inesperados. También entre delfines hay documentadas relaciones estables de hasta veinte años de duración. Estas relaciones generalmente son alianzas para la agresión coordinada a otros grupos, sea con fines ofensivos o defensivos. Al parecer estos animales tienden a reforzar sus lazos emocionales con comportamientos que muestran una tendencia a buscar cercanía física, a tocarse o frotarse con frecuencia y llevar a cabo acciones de forma sincrónica.

El delfín es un caso particularmente interesante de sociabilidad. Se calcula que el ancestro común más reciente entre cetáceos y primates, y por tanto entre delfines y humanos, vivió hace unos 95 millones de años. Esto es mucho tiempo para tomar caminos evolutivos distintos, tan separados como están los océanos de los bosques. Sin embargo ambos linajes han dado lugar a especies que coinciden en adaptaciones para un estilo de vida social. La evolución convergente de este rasgo sugiere que esta es una solución óptima para cierto tipo de problemas. Esto explica cómo especies tan diversas como las belugas, las hienas y los babuinos han desarrollado cierto grado de habilidad social, cada uno a su manera. 

Si bien los ambientes en que han evolucionado cada una de estas especies son diversos y representan retos particulares para la superviviencia, todos comparten una importante característica: son ambientes sociales creados por los propios animales. Este factor común es el que da lugar a la convergencia. Sea en el océano, en los árboles o en la sabana, todos los animales sociales enfrentamos el reto de prosperar en un medio poblado por otros miembros de la misma especie. En estas circunstancias, si bien son varias las estrategias que pueden llegar a ser útiles, la ventaja que obtienen aquellos animales capaces de ayudarse mutuamente y aprender unos de otros es difícil de superar. 

La amistad es un instinto.

Es un impulso innato que se encuentra en la base de nuestra capacidad para la organización social. No podemos suprimirla. Nuestra constitución biológica actual es la continuación de formas que pueden encontrarse en otras ramas del árbol de la vida. Esto incluye, además de nuestras características físicas, las mentales y sociales. Es cierto que tenemos la capacidad de modificar nuestra forma de vida, de generar conocimiento y crear culturas diversas. Esta combinación de creatividad y flexibilidad también proviene de nuestros genes; pero no es un poder ilimitado. Nuestros inventos culturales solo serán exitosos en la medida en que puedan alinearse con la naturaleza humana.

Referencias y lecturas adicionales:

  • Daniel Hruschka. Friendship: Development, Ecology, and Evolution of a Relationship (2010).  https://www.ucpress.edu/book/9780520265479/friendship 
  • Nicholas Christakis. Blueprint: The Evolutionary Origins of a Good Society (2019).
  • Richard Dawkins. El gen egoísta (1976). 
  • Robert M. Seyfarth & Dorothy L. Cheney. The Evolutionary Origins of Friendship. Annual Review of Psychology; Vol. 63:153-177 (January 2012). https://doi.org/10.1146/annurev-psych-120710-100337 
  • John C. Mitani. Male chimpanzees form enduring and equitable social bonds. Animal Behavior; Volume 77, Issue 3 (March 2009). https://doi.org/10.1016/j.anbehav.2008.11.021 
  • Richard C. Connor. Dolphin social intelligence: complex alliance relationships in bottlenose dolphins and a consideration of selective environments for extreme brain size evolution in mammals. Philosophical transactions of the Royal Society of London. Series B, Biological sciences vol. 362,1480 (2007). https://doi.org/10.1098/rstb.2006.1997 
  • Florida Atlantic University. “Like humans, beluga whales form social networks beyond family ties: Study first to uncover the role kinship plays in complex groupings and relationships of beluga whales spanning 10 locations across the Arctic.” ScienceDaily. ScienceDaily, 10 July 2020. <www.sciencedaily.com/releases/2020/07/200710212233.htm>.

La foto de la portada muestra dos babuinos acicalándose. Fue tomada en el zoológico Tierpark Hellabrunn en Múnich, y compartida en Flickr por el usuario Tambako The Jaguar

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