La indignación moral y la señalización de virtud en redes sociales

La indignación moral se ha vuelto una presencia constante en las redes sociales. Vivimos indignados y queremos que el mundo lo sepa. Desde una perspectiva evolutiva, puede intentarse una aproximación a este fenómeno a partir del concepto de señalización de virtud. Vamos a ver. 

Primero hablemos del hándicap en la biología.

En algunos deportes, como el golf o el ajedrez, a veces se enfrentan jugadores que están en niveles muy dispares de habilidad. En estos casos, para que la partida no sea tan aburrida como cabría esperar, aquel jugador que es reconocido como superior otorga alguna ventaja a su contrincante. A esta situación desfavorable que acepta el mejor jugador se le llama hándicap. Si bien el objetivo del hándicap es hacer interesante una competencia por lo demás desigual, puede usarse también como una medida o indicador confiable de la habilidad de un jugador. Entre mayor sea la desventaja que está dispuesto a asumir alguien, mayor será nuestra confianza en su habilidad. Un jugador mediocre que quiera hacerse pasar por habilidoso puede tratar de alardear y fingir todo lo que quiera; pero solo un verdadero maestro entrega ventajas reales.

Esta idea del hándicap fue trasladada al campo de la teoría evolutiva por el biólogo israelí Amotz Zahavi, quien usó el concepto del hándicap para explicar algunos fenómenos que parecían escapar a la lógica de la selección natural. Específicamente se ocupó de comportamientos o rasgos animales que parecían ser claramente desventajosos y que por tanto se esperaría que fueran perjudiciales para la aptitud biológica de los individuos que los expresan. Voy a dar un par de ejemplos. 

Cuando detectan la presencia de un depredador, algunas gacelas no emprenden la huida, sino que empiezan a dar saltos de rebote (stotting, en inglés). Claramente esto no las pone a salvo, sino que las hace más visibles y por tanto vulnerables al depredador, al mismo tiempo que representa un desperdicio de energía. La explicación que dio Zahavi de fenómenos como este es que se trata de hándicaps o señales honestas de aptitud. Esto quiere decir que al dar saltos de rebote, una gacela le comunica a los depredadores que está en muy buena condición física, tan buena que sería para ellos una pérdida de tiempo y recursos entrar en persecución, y que les iría mejor si le apuntaran a otra presa. La idea es que el salto de rebote es una señal que no puede fingir un animal que no esté en buena condición. Así, las gacelas que se dan el lujo de dar saltos de rebote pueden confiar en que no serán alcanzadas o ni siquiera serán perseguidas, lo cual aumentará sus probabilidades de sobrevivir. Asimismo, los depredadores que sepan leer adecuadamente la señal se ahorrarán un gasto innecesario de energía, lo cual también representa una mejor adaptación a la realidad. De esta manera la selección natural favorece la supervivencia de los genes que predisponen al uso de estas señales por parte de presas y depredadores. 

Otro ejemplo de hándicap ocurre en el ámbito de la selección sexual. El caso de estudio clásico es el pavo real. Los machos de esta especie cargan con una cola excesivamente grande y pesada, difícil de desarrollar y mantener, demasiado llamativa y por tanto fácilmente detectable por parte de los depredadores. Solamente un pavo que esté en muy buenas condiciones puede darse el lujo de cargar con semejante lastre y no sufrir una muerte prematura. En este caso, la señal no va dirigida a los depredadores sino a las hembras de la misma especie, quienes tienden a preferir a los machos con las mejores colas. La razón por la que la cola del pavo real funciona como hándicap es que, al igual que los saltos de rebote de las gacelas, es una señal honesta que no se puede fingir y, por lo tanto, es un indicador real de aptitud. Las hembras que escogen pavos con mayor hándicap (una cola más grande y vistosa), en promedio pasan genes de mayor calidad a su descendencia.

Zahavi propuso que estas señales evolucionaron porque la única manera de lograr que una señal de aptitud sea creíble es a través del hándicap. Si la señal de aptitud fuera un rasgo que cualquier individuo pudiera desplegar sin asumir una desventaja, los individuos no aptos también la utilizarían, pues al fin y al cabo nada los obliga a ser honestos. En los casos en que una señal puede ser fingida exitosamente por individuos no aptos, deja de transmitir información útil y termina siendo eliminada, ya sea por selección natural o selección sexual. Así, las gacelas que dan saltos de rebote han sido seleccionadas por los depredadores que prefieren no ir tras ellas, mientras que los pavos reales de colas grandes han sido seleccionados por las hembras que buscan individuos verdaderamente aptos para reproducirse. Pero el fenómeno no se limita a estos dos casos.

El uso de señales y hándicaps también aplica a la evolución humana.

En su libro The Mating Mind, el psicólogo Geoffrey Miller propone que muchos productos de la mente humana, desde el humor hasta el arte, fueron moldeados en gran parte por mecanismos de selección sexual, justamente por el valor que tienen como señales honestas de aptitud. Se trataría de señales que pueden elevar el estatus social de quien las exhibe o que pueden ser preferidas directamente por hombres y mujeres al escoger pareja. En mi lectura de su teoría, Miller no niega el valor adaptativo de rasgos como el lenguaje y la inteligencia, sino que busca subrayar el rol que la selección sexual tuvo en su evolución, afectando a hombres y mujeres de manera similar.

Mientras que en muchas especies los machos se adornan de diversas maneras para que las hembras los escojan, las hembras y los machos humanos se escogen mutuamente. Esto es así porque la crianza de un cachorro humano es una empresa demasiado costosa que tiene mayores probabilidades de éxito si cuenta con la cooperación de ambos padres y de sus respectivos grupos familiares. De modo que, a lo largo de nuestra evolución, ha existido una presión para que los humanos de ambos sexos desarrollen cualidades costosas que pueden ser exhibidas de manera creíble. En algunos casos, esto se traduce en un incentivo para mentir y aparentar, por lo que, en el proceso de formación de una pareja, ambos miembros se enfrentan al reto de saber interpretar las señales que da cada uno de su calidad genética y de su verdadera disposición a invertir recursos en la relación. 

No se desprende de esto que toda iniciativa humana sea un ejercicio de vanidad. La señalización de aptitud no necesariamente es un fenómeno consciente y bien puede no ser la motivación inmediata o la causa proximal detrás de nuestra conducta. Tampoco se debe concluir que todos nuestros actos tengan una motivación sexual. La señalización de aptitud viene a ser más bien un mecanismo por el que la evolución favoreció el desarrollo de motivaciones e intereses que parecen no ofrecer ninguna ventaja evolutiva. En otras palabras, la señalización sería una causa distal de ciertos rasgos y comportamientos que pueden parecer excesivos o superfluos para la supervivencia. 

Revisemos un ejemplo trillado: el talento musical. Este rasgo no cumple una función clara dentro de la lógica de la selección natural. Por eso algunos teóricos como Steven Pinker lo consideran un subproducto de otras habilidades cognitivas. Pero bajo la luz de la teoría de la señalización surge otra posible respuesta. En la medida en que la habilidad musical es una señal honesta de creatividad e inteligencia, los genes que la determinan pudieron ser preservados a través de un mecanismo de selección sexual. En este marco, la pasión de Jimi Hendrix por la guitarra no habría estado motivada, consciente ni inconscientemente, por un deseo de hacerse sexualmente atractivo o de mejorar su posición social. Podemos estar bastante seguros de que él de verdad amaba el instrumento y las posibilidades expresivas que este le ofrecía. El hecho de que su increíble habilidad aumentara su estatus y su atractivo sexual era un beneficio agregado, no buscado, que sin embargo debemos tener en cuenta en la pregunta por el origen de conductas humanas tan desconcertantes como el arte.

Como este, hay otros rasgos humanos que cumplirían la función de señales. El Homo sapiens envía estas señales a sus potenciales socios, adversarios o parejas reproductivas. Algunas señales indican aptitud biológica, como el tener un cuerpo atlético y una cara simétrica. También son señales honestas de buenos genes y buena condición aquellas que demuestran habilidad cognitiva, como el talento artístico, el sentido del humor o la inteligencia. La habilidad cognitiva es un indicador creíble de aptitud porque no se puede fingir fácilmente y porque los recursos que se consumen en el desarrollo y mantenimiento de un cerebro humano son incluso más altos que los costos de la cola de un pavo real. Otras señales exhibidas por los humanos van orientadas más a demostrar el acceso a recursos, como el consumo de bienes de lujo o la afiliación a ciertos grupos sociales. Pero esto no es todo.

También están las señales de virtud.

El mismo Geoffrey Miller ha dedicado un libro a la señalización de virtud, término que hace referencia al uso de señales como indicadores de nuestras cualidades morales. Esto no solo cumple un rol en la escogencia de pareja, sino también en la formación y mantenimiento de todo tipo de relaciones de cooperación. Si bien solemos darle valor a la inteligencia, la apariencia física y los recursos de las personas con quienes nos asociamos, tal vez damos más importancia a su carácter moral. Puesto que en toda relación cooperativa existe el riesgo del engaño y la explotación, es necesario prestar especial atención a cualidades como la lealtad, la honestidad y la solidaridad; y sobre todo es importante darse cuenta cuando alguien finge virtudes que de verdad no tiene. 

Un ejemplo de señalización de virtud es la indignación moral. Esta consiste en expresar juicios morales sobre la conducta de otros, de manera abierta y airada. Cuando un humano piensa que una norma moral ha sido violada, reacciona con indignación. De esta manera señala que el infractor puede no ser una persona confiable, al mismo tiempo que se  presenta ante los demás como modelo o ejemplo de virtud. Si bien es cierto que esta conducta también obedece a un genuino interés del humano por la justicia y a la necesidad de construir una imagen favorable de sí mismo para sí mismo, la señalización de virtud es parte importante de la explicación, pues ilustra un mecanismo evolutivo —relacionado con su valor como hándicap— que pudo favorecer la persistencia de este rasgo.

En la vida social típica de nuestra historia evolutiva, la indignación moral ha sido una jugada arriesgada que puede tener un costo elevado. Si usted acusa a su vecino de una falta moral, puede estar seguro de que va a haber una respuesta o retaliación, lo cual puede pasarle factura en términos de reputación o incluso de integridad física. Este costo, el hecho de que uno tenga que responder por lo que dice públicamente, es lo que hace de la indignación moral una señal honesta de virtud. Por eso mismo se trata de una conducta que no vemos con tanta frecuencia en la calle y que sin embargo es útil, pues cumple una función de regulación de la conducta social. Mas el mundo ha cambiado, y nuestras adaptaciones para la vida en el Pleistoceno tienden a dar resultados que son menos que óptimos en el siglo XXI.

En redes sociales la realidad opera de otra manera.

En teoría de juegos, una señal que no tiene ningún costo y cuya honestidad es altamente cuestionable se conoce como charla barata (cheap talk). Pues bien, la indignación moral de la que hacemos alarde en redes sociales como Facebook o Twitter es, en muchos casos, charla barata. Protegidos como estamos dentro de nuestras burbujas de información y clubes de personalidades afines, no hay mucho riesgo de sufrir una retaliación por nuestras imprudencias. Es demasiado fácil apretar unas teclas, señalar las fallas ajenas e incluso participar en linchamientos públicos. Las ventajas de exhibirnos como individuos morales sin incurrir en riesgos, hace de la indignación moral en redes sociales un comportamiento demasiado tentador, una verdadera ganga.

A propósito de esto, la psicóloga Molly J. Crockett, de la Universidad de Yale, escribió hace tres años un artículo en el que revisa las implicaciones de la vida digital para nuestra tendencia a la indignación moral. Allí, ella señala que no solo es más fácil expresar indignación en redes sociales que en la vida real, sino que Internet nos expone a una infinidad de eventos sobre los cuales podemos ejercer nuestra tendencia a moralizar. Y esto solamente tiende a empeorar, pues los proveedores de contenido, en su búsqueda de clics, responderán al incentivo de presentar información desprovista de matices, simplificada y preparada para satisfacer nuestro apetito de indignación. La estructura de las interacciones en las redes sociales, con sus botones de Like y sus emoticonos, termina de reforzar esta tendencia. 

Por otro lado, las personas a las que juzgamos en Internet son percibidas como entidades lejanas a las que podemos destruir moralmente sin siquiera enterarnos del daño que les hacemos. En contra de lo que predican algunos credos antihumanistas, la inmensa mayoría de seres humanos no disfrutamos con el dolor ajeno, y la percepción que tenemos del sufrimiento del otro suele servirnos como elemento disuasor de la agresión. Pero en Internet la empatía tiende a perderse. Ni siquiera imaginamos la expresión en las caras de las personas a las que apuntan nuestros comentarios. Es posible mencionar a alguien en Twitter sin tener en cuenta que al otro lado del nombre de usuario y la imagen de perfil hay una persona real cuya vida puede verse seriamente afectada por los ataques gratuitos a su reputación. Este factor puede favorecer aún más las expresiones de indignación que vemos cada vez con más frecuencia en redes sociales. 

Desde el punto de vista cognitivo, la indignación también resulta problemática, pues nos ofrece una excesiva simplificación de problemas por lo demás complicados. Si concluimos que las cosas salen mal porque algún agente inmoral así lo decide, en lugar de reconocer los múltiples factores que pueden afectar un resultado, la comodidad resultante de esta posición alimenta nuestra ya bastante fuerte tendencia a la mentalidad conspirativa. 

De modo que hoy en día la indignación moral tiene un lado problemático para el que no tenemos intuiciones acertadas. Esto significa que necesitamos de un esfuerzo cognitivo adicional para valorar las expresiones de indignación que abundan a nuestro alrededor y para decidir en qué casos vale la pena ceder nosotros mismos a la tentación de indignarnos.

Sí, a veces hay que indignarse. El uso del término señalización de virtud con connotaciones peyorativas, con el fin de desestimar las expresiones morales de los demás es equivocado. El hecho de que un rasgo o comportamiento haya evolucionado en parte por un mecanismo de selección sexual no quiere decir que sea dañino o que esté desprovisto de valor. Volviendo a las ideas de Geoffrey Miller, la señalización de virtud pudo haber dado origen a algunas de las más sublimes creaciones humanas. La señalización de virtud es parte de nuestra identidad como especie inteligente, creativa y moral. No debemos renegar de ella. De lo que debemos aprender a cuidarnos es de la facilidad con la que, a medida que transformamos el mundo, nos entregamos al vicio de la charla barata.

Referencias y lecturas adicionales:

  • C. D. FitzGibbon & J. H. Fanshawe. Stotting in Thomson’s gazelles: an honest signal of condition. Behavioral Ecology and Sociobiology volume 23, pages 69–74(1988). DOI: 10.2307/4600191
  • Amotz Zahavi and Avishag Zahavi. The Handicap Principle: A Missing Piece of Darwin’s Puzzle. (1997).
  • Geoffrey Miller. The Mating Mind: How Sexual Choice Shaped the Evolution of Human Nature. (2000).
  • Geoffrey Miller. Virtue Signaling: Essays on Darwinian Politics and Free Speech. (2019).
  • Geoffrey Miller. Waste is Good. Prospect Magazine. (Feb. 20, 1999). https://www.prospectmagazine.co.uk/magazine/wasteisgood
  • Molly J. Crockett. Moral Outrage in the Digital Age. Nature Human Behavior volumen 1, pag. 769–771 (2017). DOI: 10.1038/s41562-017-0213-3

La foto del pavo real con la cola desplegada fue compartida en Wikimedia Commons por el usuario BS Thurner Hof.

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